Hasta para tomar el camino fácil uno debe ser valiente.
Valiente para olvidarse de lo que uno ama, lo que desea, a lo que tiene derecho.

Con tiempo y dedicación uno aprende a girar y dirigirse a la dirección fácil, la dirección segura y muchas veces transitada, la dirección que te llevará al lugar especial de ensueño donde los problemas también se te presentarán fáciles y si no, obviamente, pues queda la opción de girar otra vez.

Hoy es el día donde el camino llano y sin asperezas termina, hemos llegado mis queridos amigos a la bifurcación del mal llamado “destino”.

La tentación de rendirme está aquí a mi lado, susurrando y ofreciéndome su cálido abrazo mientras expide su aliento olor mezquino, olor inmundo; me pide rendirme y solo dejarme llevar… una vez más.

Girar y dejar de mirarte, de sentirte, de amarte. Alto el precio de mi libertad.

Llevo en mi piel huellas invisibles de tu tacto, tu tacto suave, tacto de amor; más las huellas de ella las cubren, me rodean y me desamparan, ella juega y me recoge a veces dulce, a veces humillante y a veces, como hoy, de forma fina y rectangular con un rojo matiz. Me ha dejado nuevamente aquí, en esta esquina que ha sido mi refugio tantas veces ya, sus ojos me detestaban y su palabra buscaba ocultar y derribar lo evidente mientras resoplaba el aire entre nosotras y desquitaba en mi piel la ofensa que no puede arrancar de mi corazón.

Tu ausente… mantente así; no quiero que me veas en este estado. Sola, confundida, rencorosa, abandonada de las ganas, sintiendo que he perdido lo que realmente importa. La dignidad.

¿Y yo?… lloro, pues es lo más fácil.

Fácil dejarte ir… incluso hasta podría intentarlo. Con tiempo al tiempo, como sugieres, talvez pueda reciclar tu recuerdo, protegerlo en mí, aprisionarme y solo regresar.

Ay amor, algo menos fácil se debe poder hacer.