Nuestros besos se quedaron colgados en las sábanas, un abrazo fecundo en medio de la oscuridad de su habitación, no mire sus ojos, solo sentí su corazón agitado, debió estar triste igual que yo. Insinuó que era mejor darnos tiempo para pensar en que haremos con esta situación. Tiempo para descansar y recuperar las energías perdidas. Tiempo para tomar valor para luchar o desistir.

La petición me cayó como un balde de agua fría, me aparte de ella con resentimiento tratando de ocultar lo que sentía, atine a decir un par de ironías. Demasiado tarde, me había delatado por mi propia boca. Pudo el orgullo vencer si no me hubiera pedido un abrazo, para luego besar mis labios. Que fácil cedo el terreno ganado.

No quería entenderla, porque muchas veces el fantasma de pedir tiempo tiene un estigma, es el anuncio previo de un final. Pero nuestra relación es diferente, así lo dices tú, así lo creo yo, aunque es tentada muchas veces a parecerse al resto. No entendía tus razones hasta que deje de pensar en mí. No es fácil llevar sobre tus hombros el ambiente tenso del lugar donde supuestamente deberías ser feliz.

Ella me pide tiempo, yo exijo su regreso. Pasará esta tormenta y aunque no brille el sol, la luz del día nos encontrara en una esquina agarradas de la mano, en la sala de mi casa o las escaleras de un segundo piso besándonos.

Luego de una larga ausencia, me regala un fin de semana maravilloso, con un final aparentemente lleno de incertidumbre.

Volverás a mí…